miércoles, 14 de marzo de 2012

12 hombres sin piedad. Todos somos justos.

Título original: 12 Angry Men
Año: 1957
Duración: 95 min
País: USA

Director: Sidney Lumet
Guión: Reginald Rose
Música: Kenyon Hopkins
Fotografía: Boris Kaufman
Reparto: Henry Fonda, Lee J. Cobb, E.G. Marshall, Jack Warden, Ed Begley, Martin Balsam, John Fiedler, Robert Webber, Jack Klugman, Edward Binns, Joseph Sweeney, George Voskovec

Género: Drama, Drama judicial
Ficha en IMDb y en FilmAffinity




Al borde de empezar la primavera, Idiosincriatico y yo hemos decidido embarcarnos en una profunda reflexión sobre la justicia, y nos ha parecido que no hay mejor manera de hacerlo que con el debut -y qué debut- del ya más que veterano Sidney Lumet: 12 hombres sin piedad.

En esta película, Lumet se pone a dirigir a los doce miembros de un variopinto jurado que tiene como misión debatir y decidir sobre la culpabilidad o inocencia de un joven de los suburbios que, presuntamente, ha asesinado a su padre. Al empezar la película, once de los doce miembros lo tienen claro: el chico es culpable. Pero será el miembro nº8 del jurado, interpretado por Henry Fonda, quien haga el punto de inflexión en un caso, en apariencia, tan sencillo. Poco a poco, el número 8 irá desgranando las dudas y puntos oscuros de lo que se ha escuchado en la sala del juicio, transformando lentamente las distintas posiciones de los demás miembros del jurado.

Los miembros del jurado que deben decidir la inocencia o
culpabilidad de un supuesto asesino


12 hombres sin piedad es, pese a ser la primera película de Lumet, seguramente una de sus obras más celebradas tanto por la crítica como por el público. Y es que el punto fuerte en la irregular carrera de Lumet siempre ha sido su capacidad de sembrar la duda en el espectador y hacer que los villanos no lo sean tanto y a la inversa, desde el muchacho del título que nos ocupa hasta el incorruptible Frank Serpico o el maleante Sonny Wortzik (ambos encarnados por el incombustible Al Pacino), pasando por el nada escrupuloso presentador de telediarios Howard Beale en Network. A esta sustancia moral y antropológica hay que añadirle además la otra gran virtud de Lumet: su extraordinaria capacidad de trabajar con textos literarios y, especialmente, teatrales, lo que ha dado lugar a la otra lista de éxitos de su filmografía, grandes adaptaciones literarias como Asesinato en el Orient Express (1974) o Equus (1977).

Precisamente es ese sabor teatral, dramático, el que hace que 12 hombres sin piedad no sea un drama judicial más entre la inmensa vorágine de películas y series televisivas alrededor de este mundo. En escena, una asfixiante y calurosa sala con una gran mesa con doce sillas y un cuarto de baño, los dos únicos escenarios de la película. Por ellos pasean y reflexionan en voz alta, con sus razonamientos y sus pasiones, los doce hombres sin nombre de un jurado que, desde sus posiciones, constituye una casi perfecta disección de la mente humana cuando tiene que enfrentarse con eso que a las personas nos ha dado por llamar el mal.

El miembro del jurado nº8 expone sus dudas
sobre el supuesto arma del crimen
Doce miembros del jurado que son doce hombres redondos como personajes: desde sus posturas iniciales, claras y contundentes, Henry Fonda (ese Henry Fonda cuyos andares usó John Ford para definir qué es el cine)  irá dirigiéndoles, sembrando en ellos -y en el absorto espectador- dudas razonables y razonadas sobre los simples hechos del caso que están tratando para que, poco a poco, el resto de miembros del jurado exorcicen en público sus demonios, sus miedos, sus prejuicios... todas esas cosas que los hombres llevan dentro de sí hechos un fuerte nudo y que nublan lo que nosotros mismos creíamos un juicio objetivo.


Ante la serena racionalidad y profunda mirada de Fonda, se remueven y brotan los prejuicios del viejo al que pone cara y cuerpo Ed Beagly; la frialdad numérica bajo la sonrisa eterna del publicista interpretado por Robert Webber y los traumas y tragedias personales del arisco y amargado personaje de Lee J. Cobb (el otro gran león de esta película junto a Fonda), cuyo dolor por su fallida relación con su hijo condiciona su visión del mundo. Pero también bajo la aparente sumisión y silencio de otros miembros del jurado las palabras del rebelde octavo miembro harán brotar la bondad y el sentido de justicia que encierra su humildad cuando no es aplastada por la tempestuosa presión del grupo.

De este modo, Lumet nos va guiando por escenas corrientes, serenas, racionales, comprensibles, en fin, para cualquiera, a través de la tormenta de cada uno de los personajes, dejando caer de cuando en cuando un jarro de agua fría en medio del asfixiante calor de la sala del jurado en forma de magistrales escenas puramente teatrales, en las que las miradas, los silencios o los gestos, cobran un sentido inesperado para el observador atento.

El tozudo personaje de Lee J. Cobb se tendrá
que enfrentar a sus demonios personales


Al final de la película, mientras Henry Fonda abandona el edificio de los juzgados pisando el suelo húmedo de una Nueva York sobre la que el cielo acaba de descargar un potente y efímero diluvio veraniego, nosotros mismos nos preguntamos cuántas veces hemos fallado intentando, y creyendo con firmeza, hacer lo correcto, anteponiendo nuestras perspectivas a las ajenas e incluso a la propia realidad. Cuántas veces nosotros mismos no hemos sido alguno de los doce hombres furiosos que fueron egoístas y cobardes en uno de los pocos momentos en los que se les pidió ser responsables, en los que tenían que ser justos.

jueves, 1 de marzo de 2012

Los Santos Inocentes. La Opresión de la España profunda.





Título Original: Los santos inocentes
Año: 1984
Duración: 107 min.
País: España
Director: Mario Camus

Guión: Mario Camus, Antonio Larreta, Manuel Matji (Basada en la novela de Miguel Delibes)
Música: Antón García Abril
Fotografía: Hans Burmann

Reparto: Alfredo Landa, Francisco Rabal, Juan Diego, Terele Pávez, Belén Ballesteros, Juan Sánchez, Ágata Lys, Agustín González, Manuel Zarzo, Mari Carrillo, José Guardiola.

Premios: Mejor interpretación masculina (Paco Rabal y Alfredo Landa) en Cannes (1984).
Género: Drama, Drama social, Vida rural, Años 60.




De nuevo estamos aquí, ya ha pasado una semana y otro miércoles más Konrad y yo hemos dejado a un lado nuestra rutina para dedicarle unas horas a lo que más nos gusta, el cine. He de decir que un principio me sorprendió la decisión de ver esta película, no era la línea que solíamos seguir, pero una vez comenzada, la Extremadura de los 60 que propone Mario Camus absorbe al espectador aunque éste conozca la historia (la magnífica obra de Delibes es lectura imprescindible) y convierte a esta película en una obra maestra de nuestro cine con personalidad propia.


Mario Camus, galardonado el año pasado con el Goya de Honor de la Academia, es bien conocido por sus adaptaciones de obras maestras de la literatura castellana al cine, como "La Colmena" o "La Casa de Bernarda Alba", o incluso a series de televisión como "Fortunata y Jacinta". Todas estas obras en general, y "Los santos inocentes" en particular, han convertido a este director en uno de los grandes del cine del siglo XX tanto dentro como fuera de nuestro país.



Negrita

Francisco Rabal como Azarías.


En un cortijo extremeño cerca de la ciudad de Zafra se nos muestra una familia de campesinos a las órdenes de los señores del lugar, los cuales humillan a los desdichados y pobres protagonistas sin recibir queja alguna, siendo cada día una fotocopia del anterior. La normalidad se verá alterada con la llegada de Azarías, hermano de la esposa familiar, que al verse despedido del cortijo vecino debido a una incomprendida deficiencia mental, decide unirse a su familia y al nuevo cortijo, lo que dará un giro al destino de sus habitantes.

Centrándonos en el trasfondo, vemos como la opresión se convierte en el tema principal de la película, apreciándose en cada una de sus escenas y viendo cómo se hace más patente conforme se desarrolla la trama. La desdichada familia de campesinos a merced del terrateniente es el más claro ejemplo de la España "clasista" de la época, haciéndose patente en la sumisión y sacrificio de los personajes; por lo que son estos, junto a la poderosa interpretación que llevan tras de sí, los verdaderos responsables del tremendo éxito de esta historia en la gran pantalla.

Las interpretaciones de Juan Diego como "El señorito Iván" y de Alfredo Landa como "Paco el Bajo" consiguen colocarnos en el contexto de una aceptada situación por parte de los dos bandos (opresores y oprimidos) en la que el desprecio por el ser humano de un estrato social inferior era una normalidad hace 50 años en diversos lugares de España. En más de una escena, Alfredo Landa nos recuerda a un perro arrastrado por el suelo para satisfacer a su amo, mientras que éste, el señorito Iván, nos habla de respeto con toda la autoridad que le aporta su condición social.
Toda esta mezcla de desigualdades e injusticias no hace más que prender la llama del desprecio hacia los opresores por parte del espectador mientras que por los oprimidos siente lástima e impotencia, ya que ellos han aceptado su condición y no son más que unos pobres inocentes a los que les ha tocado nacer en el lugar y época equivocados.
Es posible que lo que más sorprenda de esta película para un ávido lector de Delibes sea la fidelidad con la que se captan los momentos más íntimos del libro a la vez que se da un valiente paso y se aventura a continuar la obra del escritor, presentándonos a los personajes tanto en el momento en el que se desarrolla la historia como con pequeños flashforwards que nos muestran la impresionante diferencia existente entre la España de la ciudad y la España del cortijo.

"El Quirce" (izquierda) y "Paco el Bajo" (derecha)

Podríamos considerar a "Los Santos Inocentes!" como una película completamente redonda salvo por un pequeño desacierto, la pobre evolución de "El Quirce", interpretado por Juan Sánchez. Quirce es el personaje representativo de la intolerancia y la negación a la sumisión que caracteriza a la juventud. Ha tenido que soportar, al igual que su padre, todo tipo de desprecios y abusos por parte de los señoritos, pero, al contrario que éste, no consigue verlo como algo natural, por lo que se empieza a vislumbrar una nueva forma de ver la vida en su personalidad, una chispa de rebeldía, pero que tan sólo se queda en chispa. Posiblemente Mario Camus haya sustituido la evolución de este personaje a lo largo de la película por los flasforwards comentados anteriormente, lo que a mi entender podría ser un error, aún así el único que puedo ver en una de las películas más completas del cine español.

Nos hemos reservado como último personaje a comentar al que es posiblemente el verdadero protagonista de la historia, Azarías, interpretado por el murciano Francisco Rabal. Azarías se nos descubre como el más santo e inocente de todos los personajes, pero a la vez el detonante de la tragedia de nuestra historia. Azarías (a pesar de sufrir cierto retraso mental) conoce cuál es su posición dentro de la sociedad y dentro de su familia, pero no muestra la sumisión ni el respeto que muestran sus similares a los señoritos, está liberado totalmente de ese sufrimiento, es feliz y desea compartir su felicidad con los de su alrededor, sean estos señoritos, campesinos o milanas, llegando a conmover al espectador en más de una ocasión con una interpretación más que impresionante.

La película se rodó íntegramente en Extremadura en las ciudades de Mérida, Zafra y Alburquerque.

Es indudable la importancia que adquiere "Los Santos Inocentes" para nuestro cine tras las nominaciones y los premios que consiguen tanto Mario Camus como Francisco Rabal y Alfredo Landa, pero lo que realmente importa es cómo consigue plasmar con veracidad la situación que se vivió en nuestro país y el sufrimiento de los más desfavorecidos, así como hacerse un hueco imborrable en la memoria de todos los que participaron en la misma (el hogar de Francisco Rabal en sus últimos años se llamó"Milana Bonita"), un hueco en el televisor del que quiera disfrutar de este arte, y, por supuesto, un hueco en esta página.