sábado, 25 de agosto de 2012

Napoleon Dynamite. El lado feo del sueño americano.


Título original: Napoleon Dynamite
Año: 2004
Duración: 86 min
País: USA
Director: Jared Hess

Guión: Jared Hess, Jerusha Hess
Música: John Swihart
Fotografía: Munn Powell

Reparto: Jon Heder, Efren Ramirez, Jon Gries, Aaron Ruell, Tina Majorino, Haylie Duff, Ellen Dubin, Emily Kennard, Sandy Martin, Diedrich Bader, Shondrella Avery, Carmen Brady

Premios: US Comedy Arts Festival: Mejor Película
                    Golden Trailer Awards: Mejor comedia (2005)
                     Golden Satellite Awards: Mejor BSO (2005)
Género: Comedia, Comedia negra, Cine independiente

Ficha en IMDb y FilmAffinity




Miércoles. Frío glacial al mediodía. Café y palomitas. Nos repantigamos en el sofá e Idiosincriático se dispone a darle al play. La película de hoy le tiene emocionado. Y eso que es una comedia. A ver qué me ha preparado. Así es como empieza para mí Napoleon Dynamite, la comedia freak del cine independiente por excelencia. A pesar de que el cine independiente de comedia sabe un rato (recordemos si no Little Miss Sunshine).

Napoleon Dynamite (centro) con su tío Rico (izquierda)
y su hermano Kip (derecha)

Napoleon Dynamite es la absurda y nada verosímil historia de Napoleon Dynamite, un estudiante de secundaria que vive en Preston (Idaho) con su abuela aventurera, el capullo de su hermano Kip (que ya está talludito para emanciparse) y Tina, la llama mascota de la familia. Su vida cambia cuando su abuela se rompe el culo (literalmente) en un accidente de quad y Napoleon y Kip quedan al cuidado de su tío Rico, el prototipo de gañán americano (ex-atleta, vive en una caravana y tiene planes dudosamente geniales para hacerse rico de la noche a la mañana). En mitad de este panorama Napoleon lleva adelante su adolescencia, cosa nada fácil cuando uno lleva el pelo al estilo escarola y tiene una cara tirando a lo poco agraciado, con los habituales personajes de estas situaciones: la chica a la que conquistar, los chicos populares y Pedro, el amigo marginado (en este caso, el amigo recién llegado de Ciudad Juárez).

A simple vista, esto no es más que una película de patito feo en situación doméstica trágica que lucha por sobrevivir al duro mundo de la secundaria. Pero en Napoleon Dynamite nada es lo que parece. Jared Hess, con la colaboración de su esposa en el guión, se dedica a pervertir fotograma a fotograma la comedia adolescente americana, el ojito derecho de Hollywood. Aquí el freak no es un incomprendido social, es un verdadero freak, un bicho raro. Su abuela es rockera, tiene una llama de mascota, se guarda ganchitos de queso en los bolsillos y tiene un concepto cuanto menos curioso de lo que es ligar. Su familia es una oda a la disfuncionalidad. Su misantropía alcanza cotas estratosféricas. Es decir, al propio espectador le entran ganas de pegarle una buena patada en la boca a Napoleon. Pero el freak tampoco es freak intencionadamente, simplemente es su forma de ser. También le da valor en su vida a cosas que todos tenemos como el amor -aunque en su propia versión del mismo-, los amigos -la campaña para hacer delegado a Pedro es épica- o la aceptación social, que Napoleon persigue a su particular manera, marcándose bailes a ritmo de Jamiroquai.

Napoleon, listo para el baile


Pero la cosa no se queda aquí tampoco. El freak no es un patito feo, es un capullo a su manera en un mundo lleno de capullos. Los otros chicos del instituto, el hermano que busca novia por Internet y el tío que, en una escena para el recuerdo, derriba a su sobrino a base de filete en la cara. La película de Hess no invierte sin más la polaridad del eje de la comedia adolescente, sino que directamente hace malabares con él en el espacio cinematográfico. Aunque otras películas posteriores de Hess como Nacho Libre o Gentlemen Broncos también se dedican a deformar con crítica ácida los elementos de la sociedad estadounidense, no llegan a hacerlo con la maestría que lo hace Napoleon Dynamite.

Si Valle Inclán retorció Madrid con la vida de Max Estrella, Hess hace lo propio en Napoleon Dynamite con la conservadora e impertérrita sociedad americana, deformando hasta el límite los roles ya casi mitológicos de la adolescencia y derribando todos y cada uno de los mitos, con una calculada técnica pero con un inmenso cariño que cambia la rabia del espectador por una amplia sonrisa y más de una sonora carcajada.



P.D.: Os dejo la secuencia de créditos de inicio, que es absolutamente imprescindible.

SPIKE
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martes, 17 de abril de 2012

"El Apartamento". Abre los ojos y disfruta del optimismo.






Título original: El Apartamento
Duración: 125 min.
País: EE.UU.
Director: Billy Wilder
Guión: Billy Wilder, I.A.L. Diamond
Música: Adolph Deuthsch
Fotografía: Joseph LaShelle (B&W)
Reparto: Jack Lemmon, Shirley MacLaine, Fred MacMurray, Ray Walston, Edie Adams.
Productora: United Artists / The Mirisch Corporation
Premios: 5 Oscars: Película, director, guión original, dirección artística, montaje (1960)
Globo de Oro: Mejor película: Comedia (1960)
BAFTA: Mejor película (1960)
Festival de Venecia: Mejor actriz para Shirley MacLaine (1960)








En un blog como éste, en el que dos individuos a los que nos encanta el cine tenemos la total libertad para escoger nuestras películas, resultaría sumamente extraño encontrar un film que no pudiésemos considerar "bueno", y así ha sido el caso hasta ahora, con una o dos excepciones que ya tendremos tiempo y líneas para comentar, por lo que, espero, los mínimos seguidores y lectores -asiduos, eso sí- sepan aceptar y comprender que la inmensa mayoría de las críticas serán positivas. En este caso no nos desviamos de la línea seguida hasta ahora, pero esta vez me tiraré a la piscina y llegaré al extremo de decir que es la mejor película que he tenido el honor de recomendaros hasta ahora en esta página, tal vez llevado por la media-sonrisa que aún mantengo tras haberla visto hace unas horas de nuevo, pero, oigan, se la merece.


Jack Lemmon en su solitario apartamento, al menos, cuando lo habita él.

La trama de la película resulta simple, divertida y de una fácil comprensión, lo que transporta la atención del espectador a la increíble exposición de actuación de los protagonistas, despertando en el mismo un conjunto de sensaciones y empatía que va mucho más allá de una comedia romántica y que recuerda a veces más bien a una tragicomedia.

Nuestro protagonista, C.C.Baxter (Jack Lemmon) es uno más entre muchos oficinistas en una gran empresa de Manhattan, y es consciente de ello -vive sumido entre apabullantes estadísticas con las que nos introduce la primera escena- trabajando en una minúscula mesa en uno más de muchos pisos de un rascacielos. Lo que no poseen los demás trabajadores a su alrededor es la genial (o desastrosa) idea de prestar a sus superiores una parte de su dignidad e intimidad en forma de su pequeño apartamento. Baxter ("Buddy" para estos aprovechados en tono confiado/humillante) tiene la esperanza de que ascenderá puestos rápidamente, priorizando este objetivo por delante incluso de su bienestar personal. Pero, claro está, sólo hay una una cosa, sobre todo el mundo del cine, que puede cambiar las prioridades de un personaje tan sumiso como el de Lemmon, y no es otra que el amor, encarnado en una preciosa ascensorista de la empresa (Shirley MacLaine). Esta chica resultará ser una de tantas que entra en su apartamento en compañía de sus jefes (Fred MacMurray), y este jefe será uno de los mandamases que podrá ayudarle ascender a lo más alto de la empresa, por lo que la situación se presentará, cuanto menos, interesante y divertida.

El conductor de este largometraje, el archiconocido Samuel Wilder, sorprendió en su momento con sus optimistas y brillantes películas, ya que en las mismas siempre brilló una luz entre las trágicas telas que tejía, influenciadas notablemente por las diversas penurias soportadas a lo largo de su larga vida. El director austriaco, de ascendencia judía, se vio obligado a huir de Berlín con el ascenso de Hitler al poder, y ,comenzando a trabajar desde abajo, se convirtió en uno de los directores más valorados de todos los tiempos, respondiendo a los problemas con un gran sentido del humor. Todo esto nos recuerda vivamente al protagonista de nuestra historia, lo que nos hace reflexionar en el simbolismo de sus películas, en las que nos muestra una filosofía de vida mezclada con una comedia.

Dirección impecable de Billy Wilder (derecha), que le llevó a la consecución de un Oscar a mejor director.

Como hemos comentado, la trama de esta obra maestra de Wilder se nos presenta con una genial y cómica simplicidad, representada espectacularmente por Lemmon, el cual toma sus desgracias con una perfecta ironía: "No tengo familia, pero no creo que mi apartamento esté vacío", a la que se le une la tragedia con el personaje de MacLaine, una despechada y deprimida mujer que se ve abatida por perseguir el amor de quién no debe: "Cuando una se enamora de un hombre casado, no debería ponerse rimel".

Personalmente, es esta mezcla la que me conmueve, la mezcla entre un optimismo inagotable por parte de Baxter, llevado por el amor hacia una chica, y un pesado y suicida pesimismo de la misma (MacLaine). La mezcla de ambos con la comedia llevan a este largometraje a convertirse en imprescindible para todo buen amante del romance, la tragedia, el humor, y, por encima de todo, del cine.


"Ya sabes, vivo como Robinson Crusoe, náufrago entre ocho millones de personas. Entonces, un día vi una huella en la arena, y allí estabas, es algo maravilloso, cena para dos."

miércoles, 14 de marzo de 2012

12 hombres sin piedad. Todos somos justos.

Título original: 12 Angry Men
Año: 1957
Duración: 95 min
País: USA

Director: Sidney Lumet
Guión: Reginald Rose
Música: Kenyon Hopkins
Fotografía: Boris Kaufman
Reparto: Henry Fonda, Lee J. Cobb, E.G. Marshall, Jack Warden, Ed Begley, Martin Balsam, John Fiedler, Robert Webber, Jack Klugman, Edward Binns, Joseph Sweeney, George Voskovec

Género: Drama, Drama judicial
Ficha en IMDb y en FilmAffinity




Al borde de empezar la primavera, Idiosincriatico y yo hemos decidido embarcarnos en una profunda reflexión sobre la justicia, y nos ha parecido que no hay mejor manera de hacerlo que con el debut -y qué debut- del ya más que veterano Sidney Lumet: 12 hombres sin piedad.

En esta película, Lumet se pone a dirigir a los doce miembros de un variopinto jurado que tiene como misión debatir y decidir sobre la culpabilidad o inocencia de un joven de los suburbios que, presuntamente, ha asesinado a su padre. Al empezar la película, once de los doce miembros lo tienen claro: el chico es culpable. Pero será el miembro nº8 del jurado, interpretado por Henry Fonda, quien haga el punto de inflexión en un caso, en apariencia, tan sencillo. Poco a poco, el número 8 irá desgranando las dudas y puntos oscuros de lo que se ha escuchado en la sala del juicio, transformando lentamente las distintas posiciones de los demás miembros del jurado.

Los miembros del jurado que deben decidir la inocencia o
culpabilidad de un supuesto asesino


12 hombres sin piedad es, pese a ser la primera película de Lumet, seguramente una de sus obras más celebradas tanto por la crítica como por el público. Y es que el punto fuerte en la irregular carrera de Lumet siempre ha sido su capacidad de sembrar la duda en el espectador y hacer que los villanos no lo sean tanto y a la inversa, desde el muchacho del título que nos ocupa hasta el incorruptible Frank Serpico o el maleante Sonny Wortzik (ambos encarnados por el incombustible Al Pacino), pasando por el nada escrupuloso presentador de telediarios Howard Beale en Network. A esta sustancia moral y antropológica hay que añadirle además la otra gran virtud de Lumet: su extraordinaria capacidad de trabajar con textos literarios y, especialmente, teatrales, lo que ha dado lugar a la otra lista de éxitos de su filmografía, grandes adaptaciones literarias como Asesinato en el Orient Express (1974) o Equus (1977).

Precisamente es ese sabor teatral, dramático, el que hace que 12 hombres sin piedad no sea un drama judicial más entre la inmensa vorágine de películas y series televisivas alrededor de este mundo. En escena, una asfixiante y calurosa sala con una gran mesa con doce sillas y un cuarto de baño, los dos únicos escenarios de la película. Por ellos pasean y reflexionan en voz alta, con sus razonamientos y sus pasiones, los doce hombres sin nombre de un jurado que, desde sus posiciones, constituye una casi perfecta disección de la mente humana cuando tiene que enfrentarse con eso que a las personas nos ha dado por llamar el mal.

El miembro del jurado nº8 expone sus dudas
sobre el supuesto arma del crimen
Doce miembros del jurado que son doce hombres redondos como personajes: desde sus posturas iniciales, claras y contundentes, Henry Fonda (ese Henry Fonda cuyos andares usó John Ford para definir qué es el cine)  irá dirigiéndoles, sembrando en ellos -y en el absorto espectador- dudas razonables y razonadas sobre los simples hechos del caso que están tratando para que, poco a poco, el resto de miembros del jurado exorcicen en público sus demonios, sus miedos, sus prejuicios... todas esas cosas que los hombres llevan dentro de sí hechos un fuerte nudo y que nublan lo que nosotros mismos creíamos un juicio objetivo.


Ante la serena racionalidad y profunda mirada de Fonda, se remueven y brotan los prejuicios del viejo al que pone cara y cuerpo Ed Beagly; la frialdad numérica bajo la sonrisa eterna del publicista interpretado por Robert Webber y los traumas y tragedias personales del arisco y amargado personaje de Lee J. Cobb (el otro gran león de esta película junto a Fonda), cuyo dolor por su fallida relación con su hijo condiciona su visión del mundo. Pero también bajo la aparente sumisión y silencio de otros miembros del jurado las palabras del rebelde octavo miembro harán brotar la bondad y el sentido de justicia que encierra su humildad cuando no es aplastada por la tempestuosa presión del grupo.

De este modo, Lumet nos va guiando por escenas corrientes, serenas, racionales, comprensibles, en fin, para cualquiera, a través de la tormenta de cada uno de los personajes, dejando caer de cuando en cuando un jarro de agua fría en medio del asfixiante calor de la sala del jurado en forma de magistrales escenas puramente teatrales, en las que las miradas, los silencios o los gestos, cobran un sentido inesperado para el observador atento.

El tozudo personaje de Lee J. Cobb se tendrá
que enfrentar a sus demonios personales


Al final de la película, mientras Henry Fonda abandona el edificio de los juzgados pisando el suelo húmedo de una Nueva York sobre la que el cielo acaba de descargar un potente y efímero diluvio veraniego, nosotros mismos nos preguntamos cuántas veces hemos fallado intentando, y creyendo con firmeza, hacer lo correcto, anteponiendo nuestras perspectivas a las ajenas e incluso a la propia realidad. Cuántas veces nosotros mismos no hemos sido alguno de los doce hombres furiosos que fueron egoístas y cobardes en uno de los pocos momentos en los que se les pidió ser responsables, en los que tenían que ser justos.

jueves, 1 de marzo de 2012

Los Santos Inocentes. La Opresión de la España profunda.





Título Original: Los santos inocentes
Año: 1984
Duración: 107 min.
País: España
Director: Mario Camus

Guión: Mario Camus, Antonio Larreta, Manuel Matji (Basada en la novela de Miguel Delibes)
Música: Antón García Abril
Fotografía: Hans Burmann

Reparto: Alfredo Landa, Francisco Rabal, Juan Diego, Terele Pávez, Belén Ballesteros, Juan Sánchez, Ágata Lys, Agustín González, Manuel Zarzo, Mari Carrillo, José Guardiola.

Premios: Mejor interpretación masculina (Paco Rabal y Alfredo Landa) en Cannes (1984).
Género: Drama, Drama social, Vida rural, Años 60.




De nuevo estamos aquí, ya ha pasado una semana y otro miércoles más Konrad y yo hemos dejado a un lado nuestra rutina para dedicarle unas horas a lo que más nos gusta, el cine. He de decir que un principio me sorprendió la decisión de ver esta película, no era la línea que solíamos seguir, pero una vez comenzada, la Extremadura de los 60 que propone Mario Camus absorbe al espectador aunque éste conozca la historia (la magnífica obra de Delibes es lectura imprescindible) y convierte a esta película en una obra maestra de nuestro cine con personalidad propia.


Mario Camus, galardonado el año pasado con el Goya de Honor de la Academia, es bien conocido por sus adaptaciones de obras maestras de la literatura castellana al cine, como "La Colmena" o "La Casa de Bernarda Alba", o incluso a series de televisión como "Fortunata y Jacinta". Todas estas obras en general, y "Los santos inocentes" en particular, han convertido a este director en uno de los grandes del cine del siglo XX tanto dentro como fuera de nuestro país.



Negrita

Francisco Rabal como Azarías.


En un cortijo extremeño cerca de la ciudad de Zafra se nos muestra una familia de campesinos a las órdenes de los señores del lugar, los cuales humillan a los desdichados y pobres protagonistas sin recibir queja alguna, siendo cada día una fotocopia del anterior. La normalidad se verá alterada con la llegada de Azarías, hermano de la esposa familiar, que al verse despedido del cortijo vecino debido a una incomprendida deficiencia mental, decide unirse a su familia y al nuevo cortijo, lo que dará un giro al destino de sus habitantes.

Centrándonos en el trasfondo, vemos como la opresión se convierte en el tema principal de la película, apreciándose en cada una de sus escenas y viendo cómo se hace más patente conforme se desarrolla la trama. La desdichada familia de campesinos a merced del terrateniente es el más claro ejemplo de la España "clasista" de la época, haciéndose patente en la sumisión y sacrificio de los personajes; por lo que son estos, junto a la poderosa interpretación que llevan tras de sí, los verdaderos responsables del tremendo éxito de esta historia en la gran pantalla.

Las interpretaciones de Juan Diego como "El señorito Iván" y de Alfredo Landa como "Paco el Bajo" consiguen colocarnos en el contexto de una aceptada situación por parte de los dos bandos (opresores y oprimidos) en la que el desprecio por el ser humano de un estrato social inferior era una normalidad hace 50 años en diversos lugares de España. En más de una escena, Alfredo Landa nos recuerda a un perro arrastrado por el suelo para satisfacer a su amo, mientras que éste, el señorito Iván, nos habla de respeto con toda la autoridad que le aporta su condición social.
Toda esta mezcla de desigualdades e injusticias no hace más que prender la llama del desprecio hacia los opresores por parte del espectador mientras que por los oprimidos siente lástima e impotencia, ya que ellos han aceptado su condición y no son más que unos pobres inocentes a los que les ha tocado nacer en el lugar y época equivocados.
Es posible que lo que más sorprenda de esta película para un ávido lector de Delibes sea la fidelidad con la que se captan los momentos más íntimos del libro a la vez que se da un valiente paso y se aventura a continuar la obra del escritor, presentándonos a los personajes tanto en el momento en el que se desarrolla la historia como con pequeños flashforwards que nos muestran la impresionante diferencia existente entre la España de la ciudad y la España del cortijo.

"El Quirce" (izquierda) y "Paco el Bajo" (derecha)

Podríamos considerar a "Los Santos Inocentes!" como una película completamente redonda salvo por un pequeño desacierto, la pobre evolución de "El Quirce", interpretado por Juan Sánchez. Quirce es el personaje representativo de la intolerancia y la negación a la sumisión que caracteriza a la juventud. Ha tenido que soportar, al igual que su padre, todo tipo de desprecios y abusos por parte de los señoritos, pero, al contrario que éste, no consigue verlo como algo natural, por lo que se empieza a vislumbrar una nueva forma de ver la vida en su personalidad, una chispa de rebeldía, pero que tan sólo se queda en chispa. Posiblemente Mario Camus haya sustituido la evolución de este personaje a lo largo de la película por los flasforwards comentados anteriormente, lo que a mi entender podría ser un error, aún así el único que puedo ver en una de las películas más completas del cine español.

Nos hemos reservado como último personaje a comentar al que es posiblemente el verdadero protagonista de la historia, Azarías, interpretado por el murciano Francisco Rabal. Azarías se nos descubre como el más santo e inocente de todos los personajes, pero a la vez el detonante de la tragedia de nuestra historia. Azarías (a pesar de sufrir cierto retraso mental) conoce cuál es su posición dentro de la sociedad y dentro de su familia, pero no muestra la sumisión ni el respeto que muestran sus similares a los señoritos, está liberado totalmente de ese sufrimiento, es feliz y desea compartir su felicidad con los de su alrededor, sean estos señoritos, campesinos o milanas, llegando a conmover al espectador en más de una ocasión con una interpretación más que impresionante.

La película se rodó íntegramente en Extremadura en las ciudades de Mérida, Zafra y Alburquerque.

Es indudable la importancia que adquiere "Los Santos Inocentes" para nuestro cine tras las nominaciones y los premios que consiguen tanto Mario Camus como Francisco Rabal y Alfredo Landa, pero lo que realmente importa es cómo consigue plasmar con veracidad la situación que se vivió en nuestro país y el sufrimiento de los más desfavorecidos, así como hacerse un hueco imborrable en la memoria de todos los que participaron en la misma (el hogar de Francisco Rabal en sus últimos años se llamó"Milana Bonita"), un hueco en el televisor del que quiera disfrutar de este arte, y, por supuesto, un hueco en esta página.














viernes, 24 de febrero de 2012

Equilibrium. El precio de ser feliz.


Título original: Equilibrium
Año: 2002
Duración: 107 min
País: USA


Director: Kurt Wimmer
Guión: Kurt Wimmer
Música: Klaus Badelt
Fotografía: Dion Beebe
Reparto: Christian Bale, Emily Watson, Taye Diggs, Agnus McFayden, Sean Bean


Género: Ciencia ficción. Thriller. Acción




Era miércoles, como siempre, y en mitad de febrero evadíamos el frío de Madrid Idiosincriatico y yo en el sofá de su salón, café en mano, hablando de lo humano y lo divino, por matar la tarde. Y, como cada miércoles, una nueva película. Enchufamos el pendrive a su nuevo y moderno y televisor –porque somos buena gente, pero también pirateamos, qué se le va hacer- y empieza Equilibrium, de Kurt Wimmer.

Wimmer, de antepasados alemanes, nos coloca abruptamente en su distopía: después de una devastadora Tercera Guerra Mundial –ese escenario idóneo de conspiranoicos y profetas- el hombre ha encontrado la raíz de su sufrimiento, de las guerras, de las muertes: las emociones. El nuevo Estado ha suprimido las emociones de sus ciudadanos gracias a la milagrosa droga Prozium y a la dura represión de aquellos que deciden tomarla y sentir, los sense offenders –traducir el término sería insultante, mejor dejarlo así. Para garantizar el nuevo y anestesiado orden, que se acoge bajo el nombre de Libria y el símbolo de una gran T, Padre –el todopoderoso benefactor y artífice del nuevo Estado- cuenta con los clérigos, especialmente entrenados para percibir a aquellos que sienten emociones y exterminarlos sin piedad. A la cabeza de los clérigos encontramos al clérigo John Preston, interpretado por Christian Bale, que después de tener que asesinar a su propio compañero, el clérigo Errol Partridge -interpretado por Sean Bean, el hombre que siempre muere- al descubrirle leyendo un poemario de Yeats, se replanteará su trabajo y la tesis de la emoción como culpable de los males del hombre, lo que finalmente le llevará a una dura y silenciosa guerra contra Libria y el omnipotente Padre.

Christian Bale como el clérigo John Preston



Equilibrium tiene todo lo que puede ofrecer una distopía: un cataclismo de proporciones universales, un Estado totalitario, un líder férreo, instituciones de dimensiones olímpicas, propaganda, drogas, ciudadanos alienados, romances, rebeldes que viven bajo tierra y un protagonista que pasa de defender a papá Estado a intentar reventar el perverso nuevo orden. Y quizá ese sea el problema de Equilibrium. Toma uno por uno y sin cortarse un pelo los elementos de las grandes distopías del siglo XX: 1984, Farenheit 451 y, sobre todo, Un mundo feliz, del incomparable Aldous Huxley –lectura obligada-. Quizá a esto se debió la tibieza en la crítica y su escasa repercusión, a pesar de la excelente interpretación de Bale –nadie dudará de mi palabra después de verle como el Batman de Nolan- y de la adición de elementos de acción muy visuales como el arte marcial Gun Kata, ideado por el propio Wimmer, que de hecho aparece practicándolo en una escena la película.


El Estadio Olímpico de Berlín, escenario de las
oficinas gubernamentales de Libria
A pesar de compartir la opinión sobre el lastre que supone la excesiva influencia literaria -comprensible ya que la carrera de Wimmer en el cine no ha sido como director, sino como guionista- romperé una lanza, o mejor dicho dos, en favor de la distopía de Wimmer. La primera, cómo Wimmer acude a sus orígenes y utiliza como escenario Berlín, donde se mezclan los restos de arquitectura fascista con la modernidad berlinesa, creando una insuperable atmósfera de opresivo futurismo.


La segunda, situar a las emociones en el eje del conflicto. Mientras que los escritores de distopías del siglo XX surgen como una reacción fundamentalmente política a la tragedia de los totalitarismos de este siglo y por tanto se centran en la libertad del hombre para elegir su propio camino como punto de crítica a los estados fascistas, Wimmer demuestra ser un hombre de su tiempo y logra trascender la barrera histórica  para plantearnos otro punto de vista: ¿y si el peligro es más sutil que el fascismo puro y duro? ¿Y si el riesgo está en la desensibilización hacia la que nos conduce la sociedad de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI? Wimmer nos plantea que no es tanto la cuestión de poder decidir sobre nuestra vida, sino nuestra capacidad para poder ser felices, para emocionarnos, lo que  vertebra y da sentido a nuestra existencia.

El nuevo, pacífico y carente de emociones país de Libria.

Teniendo en cuenta todo esto, la conclusión de Equilibrium es muy distinta a la de las distopías clásicas: no es que la lucha por la libertad sea fundamental, que sea un deber al más puro estilo kantiano, sino que el sufrimiento –al que muchas veces llamamos el mal en un fallido intento por racionalizar nuestra vida a través de la moral- es el precio que se paga por la posibilidad de ser felices, lo que sin duda nos empuja a vivir.

Quizá Wimmer pretendía con esto dar una visión europea al concepto de las distopías, alejándose de la rigidez moral americana e inglesa para acercarse a una visión más hedonista de la vida, lo que está indudablemente ligado al carácter indoeuropeo. Quizá si hubiese roto más con los antecedentes literarios y hubiera apostado fuerte por las emociones –como hace el protagonista de su película- hablaríamos de Equilibrium como el 1984 de este siglo y de Wimmer como nuestro nuevo Orwell.

En cualquier caso, esto no es Libria y siempre podremos disfrutar del placer de sentarnos a disfrutar de Equilibrium en un sofá en un piso cerca de La Latina, dejarnos llevar e intentar emocionarnos sin miedo a que ningún clérigo nos procese por ser, en definitiva, humanos.





"But I being poor, have only my dreams, I have spread my dreams under your feet, tread softly because you tread on my dreams." W.B. Yeats

viernes, 17 de febrero de 2012

Rashomon. Mentiras y dudas del sol naciente.








Título original: Rashomon
Año: 1950

Duración: 83 min.
Dirección: Akira Kurosawa

La película de este miércoles día del espectador (por cortesía de nuestro amigo Konrad) ha sido "Rashomon", de Akira Kurosawa, perfeccionista director japonés fallecido en el 98 y conocido a nivel mundial por obras maestras como la ya mencionada película u otras como "Los siete samuráis".






El director:

No es de extrañar el nivel de profundidad que pueden alcanzar las historias de Kurosawa cuando echamos un vistazo a los acontecimientos que acompañaron su formación como director en Tokio.


Akira Kurosawa se vio altamente influenciado por el sufrimiento que acompañó a una serie de desgracias familiares como fueron la pérdida de varios de sus hermanos, uno de ellos por suicidio (Heigo Kurosawa), inmerso también en el mundo del cine como narrador de películas mudas con el consecuente fracaso con la llegada del cine sonoro a Japón.
Heigo fue la piedra angular de la visión sobre el honor que tuvo su hermano Akira, y que podemos apreciar en "Rashomon" en todo su esplendor. No se nos debe pasar por alto que la familia Kurosawa desciende de una línea de antiguos samuráis, por lo que es como mínimo interesante ver plasmado en su cine esta férrea convicción de lo que se debe hacer.


Otros sucesos tan importantes como sobrevivir a la desolación que dejó a su paso el terremoto de Kanto, con más de cien mil muertos y verse como ciudadano de un país inmerso en la Segunda Guerra Mundial, llevaron a Kurosawa a contemplar de primera mano el más desgarrador sufrimiento humano, siendo éste peor asimilado cuando proviene de la crueldad de otro semejante.
En su carrera como director, Kurosawa siempre tuvo especial simpatía por el cine occidental, que personalmente veía como una necesaria novedad dentro de un país dominado por un nacionalismo absoluto. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial no tuvo otro remedio que unirse al cine que "debían" ver los japoneses, con el que no se sentía especialmente identificado, pudiéndose calificar algunas de estas películas como anti-estadounidenses.

Pues bien, las cosas cambiaron cuando llegó el 49 y con él la libertad de expresión del séptimo arte en Japón, con el que pudo criticar el antiguo régimen de la forma que mejor se le daba.
1950 es el año clave de esta historia, en este momento Kurosawa consiguió dar el salto de su carrera como director con "Rashomon", una película que no critica a ningún régimen, partido ni país, sino que critica al hombre, desde dentro, con una sorprendente veracidad y claridad, algo que supo valorarse internacionalmente y que llevó a este director japonés a ser una referencia en el cine y a que en 1951 ganase un Óscar a la mejor película de habla no inglesa y el León de Oro en el festival de cine de Venecia.

Rashomon:

La película comienza con un plano que muestra las ruinas del templo de Rashomon bajo una torrencial lluvia, con lo que Kurosawa comienza a perfilar los cimientos sobre los que construirá el tema principal de su historia, representando una humanidad cínica, pesimista y en la que la
mentira se hace un hueco como método de supervivencia.
La trama se basa en una conversación entre tres personajes: un leñador, un peregrino y un sacerdote budista, resguardados bajo la lluvia, que discuten sobre un asesinato y una violación cometidos tres días antes en un bosque cercano.
Los protagonistas de este acontecimiento son otros tres personajes: un ladrón, un señor feudal (el asesinado) y su esposa (víctima de la violación).
Se nos muestran diversos intervalos de escenas entre la conversación entre los tres primeros personajes sobre el crimen y su oscura visión sobre el mismo y narraciones de los tres últimos
protagonistas del crimen en el juicio, incluso del propio asesinado a través de un médium (una escena escalofriante, por cierto). Cada uno de ellos (ladrón, señor feudal y esposa) da su propia versión de los hechos, con el sorprendente descubrimiento para el espectador de que las tres son completamente diferentes.

Kurosawa nos sumerge en un mar de dudas sobre la verdad de la historia, y nos hace conscientes de la dificultad de llegar a ella en un mundo tan confuso como el nuestro, aunque, de vez en cuando, pequeños destellos de la misma surgen en los diferentes relatos de los personajes, materializados como pequeños rayos de sol que surgen a través de las ramas del laberíntico bosque donde se desarrolla el crimen. Todos los personajes miran durante unos breves segundos a la verdad directamente a la cara,
pero ninguno de ellos hace lo que es debido e intentan esconder sus cobardes actos con mentiras que confunden al resto de personajes y al supuesto juez, el cual está encarnado en el propio espectador, ya que los protagonistas hablan en el juicio directamente a la cámara, y nosotros sacamos nuestras propias conclusiones sobre la situación.

Cuando creemos que no podemos estar más perdidos y confusos con esta historia, la verdad aparece de la boca de uno de los personajes bajo el templo de Rashomon, el leñador. De sus cobardes labios mana la verdadera historia de lo que ocurre, como testigo directo de todos los hechos, habiendo permanecido en silencio por miedo a las autoridades, demostrando no ser más noble que cualquiera de los protagonistas del crimen.


Kurosawa nos muestra el lado más oscuro del ser humano: el deseo de poder y vacía fama por parte del ladrón, la manipulación y crueldad por parte de la esposa y el deshonor y cobardía aburguesada por parte del señor feudal, todo bajo un contexto del siglo XII japonés donde el sentido del honor y la supervivencia son enemigos que se disputan el devenir de los hombres.

Al final de nuestra historia, cuando hemos caído en el negro ambiente de la desesperanza, el vago arrepentimiento por parte del leñador por su silencio, la dolorosa incredulidad del sacerdote y las sonoras carcajadas del peregrino (la más pura representación del cinismo), cuando creemos que no hay más que contar, que la humanidad corrompida por sí misma no tiene solución, Kurosawa nos vuelve a sorprender: El leñador realiza un acto honorable, el sacerdote recupera la fe en lo perdido y la lluvia cesa, dejando ver tras las nubes un tímido sol sobre el templo de Rashomon, un sol que parece prometer un futuro diferente, esperanzador.

Kurosawa da en 1950 un soplo de aire fresco al cine japonés de la posguerra y también al occidental, sin estrictas censuras, con promesas de libertad y de optimismo y confianza en los valores que realmente importan, aquéllos que deben representar a Japón: el honor, la verdad, la esperanza, el sol naciente.

Trailer de la película:

jueves, 9 de febrero de 2012

Luces, cámara...y palomitas.

Ha tenido que pasar un año, pero uno de los dos tenía que ser el primero.
Este blog lleva abierto demasiado tiempo y demasiado vacío, con mal aspecto, aguantando una silla vieja con una manta naranja como fondo. Así que, mantengámonos ocupados, a mí me apetece.
Todo empezaba con una peli de David Lynch, como no podía ser de otra forma, y una silla (la silla) en mi habitación ,que nadie usaba, iba siendo ocupada cada miércoles, el día del espectador.
Y es que para hablar de cine, no hace falta nada más que un par de amigos con inquietudes y una forma de disfrutar durante dos horas.