viernes, 17 de febrero de 2012

Rashomon. Mentiras y dudas del sol naciente.








Título original: Rashomon
Año: 1950

Duración: 83 min.
Dirección: Akira Kurosawa

La película de este miércoles día del espectador (por cortesía de nuestro amigo Konrad) ha sido "Rashomon", de Akira Kurosawa, perfeccionista director japonés fallecido en el 98 y conocido a nivel mundial por obras maestras como la ya mencionada película u otras como "Los siete samuráis".






El director:

No es de extrañar el nivel de profundidad que pueden alcanzar las historias de Kurosawa cuando echamos un vistazo a los acontecimientos que acompañaron su formación como director en Tokio.


Akira Kurosawa se vio altamente influenciado por el sufrimiento que acompañó a una serie de desgracias familiares como fueron la pérdida de varios de sus hermanos, uno de ellos por suicidio (Heigo Kurosawa), inmerso también en el mundo del cine como narrador de películas mudas con el consecuente fracaso con la llegada del cine sonoro a Japón.
Heigo fue la piedra angular de la visión sobre el honor que tuvo su hermano Akira, y que podemos apreciar en "Rashomon" en todo su esplendor. No se nos debe pasar por alto que la familia Kurosawa desciende de una línea de antiguos samuráis, por lo que es como mínimo interesante ver plasmado en su cine esta férrea convicción de lo que se debe hacer.


Otros sucesos tan importantes como sobrevivir a la desolación que dejó a su paso el terremoto de Kanto, con más de cien mil muertos y verse como ciudadano de un país inmerso en la Segunda Guerra Mundial, llevaron a Kurosawa a contemplar de primera mano el más desgarrador sufrimiento humano, siendo éste peor asimilado cuando proviene de la crueldad de otro semejante.
En su carrera como director, Kurosawa siempre tuvo especial simpatía por el cine occidental, que personalmente veía como una necesaria novedad dentro de un país dominado por un nacionalismo absoluto. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial no tuvo otro remedio que unirse al cine que "debían" ver los japoneses, con el que no se sentía especialmente identificado, pudiéndose calificar algunas de estas películas como anti-estadounidenses.

Pues bien, las cosas cambiaron cuando llegó el 49 y con él la libertad de expresión del séptimo arte en Japón, con el que pudo criticar el antiguo régimen de la forma que mejor se le daba.
1950 es el año clave de esta historia, en este momento Kurosawa consiguió dar el salto de su carrera como director con "Rashomon", una película que no critica a ningún régimen, partido ni país, sino que critica al hombre, desde dentro, con una sorprendente veracidad y claridad, algo que supo valorarse internacionalmente y que llevó a este director japonés a ser una referencia en el cine y a que en 1951 ganase un Óscar a la mejor película de habla no inglesa y el León de Oro en el festival de cine de Venecia.

Rashomon:

La película comienza con un plano que muestra las ruinas del templo de Rashomon bajo una torrencial lluvia, con lo que Kurosawa comienza a perfilar los cimientos sobre los que construirá el tema principal de su historia, representando una humanidad cínica, pesimista y en la que la
mentira se hace un hueco como método de supervivencia.
La trama se basa en una conversación entre tres personajes: un leñador, un peregrino y un sacerdote budista, resguardados bajo la lluvia, que discuten sobre un asesinato y una violación cometidos tres días antes en un bosque cercano.
Los protagonistas de este acontecimiento son otros tres personajes: un ladrón, un señor feudal (el asesinado) y su esposa (víctima de la violación).
Se nos muestran diversos intervalos de escenas entre la conversación entre los tres primeros personajes sobre el crimen y su oscura visión sobre el mismo y narraciones de los tres últimos
protagonistas del crimen en el juicio, incluso del propio asesinado a través de un médium (una escena escalofriante, por cierto). Cada uno de ellos (ladrón, señor feudal y esposa) da su propia versión de los hechos, con el sorprendente descubrimiento para el espectador de que las tres son completamente diferentes.

Kurosawa nos sumerge en un mar de dudas sobre la verdad de la historia, y nos hace conscientes de la dificultad de llegar a ella en un mundo tan confuso como el nuestro, aunque, de vez en cuando, pequeños destellos de la misma surgen en los diferentes relatos de los personajes, materializados como pequeños rayos de sol que surgen a través de las ramas del laberíntico bosque donde se desarrolla el crimen. Todos los personajes miran durante unos breves segundos a la verdad directamente a la cara,
pero ninguno de ellos hace lo que es debido e intentan esconder sus cobardes actos con mentiras que confunden al resto de personajes y al supuesto juez, el cual está encarnado en el propio espectador, ya que los protagonistas hablan en el juicio directamente a la cámara, y nosotros sacamos nuestras propias conclusiones sobre la situación.

Cuando creemos que no podemos estar más perdidos y confusos con esta historia, la verdad aparece de la boca de uno de los personajes bajo el templo de Rashomon, el leñador. De sus cobardes labios mana la verdadera historia de lo que ocurre, como testigo directo de todos los hechos, habiendo permanecido en silencio por miedo a las autoridades, demostrando no ser más noble que cualquiera de los protagonistas del crimen.


Kurosawa nos muestra el lado más oscuro del ser humano: el deseo de poder y vacía fama por parte del ladrón, la manipulación y crueldad por parte de la esposa y el deshonor y cobardía aburguesada por parte del señor feudal, todo bajo un contexto del siglo XII japonés donde el sentido del honor y la supervivencia son enemigos que se disputan el devenir de los hombres.

Al final de nuestra historia, cuando hemos caído en el negro ambiente de la desesperanza, el vago arrepentimiento por parte del leñador por su silencio, la dolorosa incredulidad del sacerdote y las sonoras carcajadas del peregrino (la más pura representación del cinismo), cuando creemos que no hay más que contar, que la humanidad corrompida por sí misma no tiene solución, Kurosawa nos vuelve a sorprender: El leñador realiza un acto honorable, el sacerdote recupera la fe en lo perdido y la lluvia cesa, dejando ver tras las nubes un tímido sol sobre el templo de Rashomon, un sol que parece prometer un futuro diferente, esperanzador.

Kurosawa da en 1950 un soplo de aire fresco al cine japonés de la posguerra y también al occidental, sin estrictas censuras, con promesas de libertad y de optimismo y confianza en los valores que realmente importan, aquéllos que deben representar a Japón: el honor, la verdad, la esperanza, el sol naciente.

Trailer de la película:

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