viernes, 24 de febrero de 2012

Equilibrium. El precio de ser feliz.


Título original: Equilibrium
Año: 2002
Duración: 107 min
País: USA


Director: Kurt Wimmer
Guión: Kurt Wimmer
Música: Klaus Badelt
Fotografía: Dion Beebe
Reparto: Christian Bale, Emily Watson, Taye Diggs, Agnus McFayden, Sean Bean


Género: Ciencia ficción. Thriller. Acción




Era miércoles, como siempre, y en mitad de febrero evadíamos el frío de Madrid Idiosincriatico y yo en el sofá de su salón, café en mano, hablando de lo humano y lo divino, por matar la tarde. Y, como cada miércoles, una nueva película. Enchufamos el pendrive a su nuevo y moderno y televisor –porque somos buena gente, pero también pirateamos, qué se le va hacer- y empieza Equilibrium, de Kurt Wimmer.

Wimmer, de antepasados alemanes, nos coloca abruptamente en su distopía: después de una devastadora Tercera Guerra Mundial –ese escenario idóneo de conspiranoicos y profetas- el hombre ha encontrado la raíz de su sufrimiento, de las guerras, de las muertes: las emociones. El nuevo Estado ha suprimido las emociones de sus ciudadanos gracias a la milagrosa droga Prozium y a la dura represión de aquellos que deciden tomarla y sentir, los sense offenders –traducir el término sería insultante, mejor dejarlo así. Para garantizar el nuevo y anestesiado orden, que se acoge bajo el nombre de Libria y el símbolo de una gran T, Padre –el todopoderoso benefactor y artífice del nuevo Estado- cuenta con los clérigos, especialmente entrenados para percibir a aquellos que sienten emociones y exterminarlos sin piedad. A la cabeza de los clérigos encontramos al clérigo John Preston, interpretado por Christian Bale, que después de tener que asesinar a su propio compañero, el clérigo Errol Partridge -interpretado por Sean Bean, el hombre que siempre muere- al descubrirle leyendo un poemario de Yeats, se replanteará su trabajo y la tesis de la emoción como culpable de los males del hombre, lo que finalmente le llevará a una dura y silenciosa guerra contra Libria y el omnipotente Padre.

Christian Bale como el clérigo John Preston



Equilibrium tiene todo lo que puede ofrecer una distopía: un cataclismo de proporciones universales, un Estado totalitario, un líder férreo, instituciones de dimensiones olímpicas, propaganda, drogas, ciudadanos alienados, romances, rebeldes que viven bajo tierra y un protagonista que pasa de defender a papá Estado a intentar reventar el perverso nuevo orden. Y quizá ese sea el problema de Equilibrium. Toma uno por uno y sin cortarse un pelo los elementos de las grandes distopías del siglo XX: 1984, Farenheit 451 y, sobre todo, Un mundo feliz, del incomparable Aldous Huxley –lectura obligada-. Quizá a esto se debió la tibieza en la crítica y su escasa repercusión, a pesar de la excelente interpretación de Bale –nadie dudará de mi palabra después de verle como el Batman de Nolan- y de la adición de elementos de acción muy visuales como el arte marcial Gun Kata, ideado por el propio Wimmer, que de hecho aparece practicándolo en una escena la película.


El Estadio Olímpico de Berlín, escenario de las
oficinas gubernamentales de Libria
A pesar de compartir la opinión sobre el lastre que supone la excesiva influencia literaria -comprensible ya que la carrera de Wimmer en el cine no ha sido como director, sino como guionista- romperé una lanza, o mejor dicho dos, en favor de la distopía de Wimmer. La primera, cómo Wimmer acude a sus orígenes y utiliza como escenario Berlín, donde se mezclan los restos de arquitectura fascista con la modernidad berlinesa, creando una insuperable atmósfera de opresivo futurismo.


La segunda, situar a las emociones en el eje del conflicto. Mientras que los escritores de distopías del siglo XX surgen como una reacción fundamentalmente política a la tragedia de los totalitarismos de este siglo y por tanto se centran en la libertad del hombre para elegir su propio camino como punto de crítica a los estados fascistas, Wimmer demuestra ser un hombre de su tiempo y logra trascender la barrera histórica  para plantearnos otro punto de vista: ¿y si el peligro es más sutil que el fascismo puro y duro? ¿Y si el riesgo está en la desensibilización hacia la que nos conduce la sociedad de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI? Wimmer nos plantea que no es tanto la cuestión de poder decidir sobre nuestra vida, sino nuestra capacidad para poder ser felices, para emocionarnos, lo que  vertebra y da sentido a nuestra existencia.

El nuevo, pacífico y carente de emociones país de Libria.

Teniendo en cuenta todo esto, la conclusión de Equilibrium es muy distinta a la de las distopías clásicas: no es que la lucha por la libertad sea fundamental, que sea un deber al más puro estilo kantiano, sino que el sufrimiento –al que muchas veces llamamos el mal en un fallido intento por racionalizar nuestra vida a través de la moral- es el precio que se paga por la posibilidad de ser felices, lo que sin duda nos empuja a vivir.

Quizá Wimmer pretendía con esto dar una visión europea al concepto de las distopías, alejándose de la rigidez moral americana e inglesa para acercarse a una visión más hedonista de la vida, lo que está indudablemente ligado al carácter indoeuropeo. Quizá si hubiese roto más con los antecedentes literarios y hubiera apostado fuerte por las emociones –como hace el protagonista de su película- hablaríamos de Equilibrium como el 1984 de este siglo y de Wimmer como nuestro nuevo Orwell.

En cualquier caso, esto no es Libria y siempre podremos disfrutar del placer de sentarnos a disfrutar de Equilibrium en un sofá en un piso cerca de La Latina, dejarnos llevar e intentar emocionarnos sin miedo a que ningún clérigo nos procese por ser, en definitiva, humanos.





"But I being poor, have only my dreams, I have spread my dreams under your feet, tread softly because you tread on my dreams." W.B. Yeats

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